La planta baja de la Casa Botines, en León, es una nave sin muros de carga: Gaudí la sostuvo con 28 columnas de fundición de 20 cm. En 1953 la Caja de Ahorros forró de mármol blanco sus columnas, sus mostradores y su suelo. La rehabilitación de 1994 a 1996 quitó ese mármol y puso tarima de madera. En 2026 se lijó y se barnizó de nuevo la tarima maciza del museo. Es uno de los casos de los mejores parqués de España.

El almacén de 1893
Simón Fernández y Mariano Andrés encargaron la casa a Gaudí para su negocio de tejidos. Entre 1893 y 1929 la planta baja y el semisótano fueron su tienda y su almacén. En el centro de la nave había un altillo de madera, y una escalera central, también de madera, unía el altillo, la tienda y el semisótano. Los mostradores eran de madera.
La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de León compró el edificio en 1929 y en 1931 trasladó allí sus oficinas de la calle Dámaso Merino. Para abrir la nave al público quitó el altillo, la escalera central y los mostradores de madera, que cambió por otros de mármol y cristal. Según Bassegoda, una barandilla de madera tallada de aquel almacén acabó en una finca de la familia Llamazares, en la provincia de León.

La recreación del almacén de telas vuelve a levantar un altillo con su escalera de tablones (2). Delante, un mostrador largo con telas, un sombrero de copa y una caja registradora descansa sobre la tarima, de tablas estrechas cuyo tono cambia de una a otra.
La errada reforma
En 1953 la Caja encargó al arquitecto Luis Aparicio Guisasola la reforma del semisótano, de la planta baja y de parte de la principal. Quería un patio central más amplio para atender al público, y para lograrlo quitó siete columnas de fundición y pasó su carga a vigas metálicas horizontales.
En la planta baja se hicieron de mármol, sobre todo blanco, las columnas, los mostradores, los arcos, las paredes de acceso, las escaleras y los pavimentos. Toda la carpintería de taller se hizo de nogal, con herrajes de metal y cristal. En la planta principal, donde estaban el salón de sesiones y el despacho de presidencia, también hubo zonas de solado de mármol y carpintería de nogal.
Al semisótano se bajaba por una escalera nueva revestida de mármol blanco, y allí se montaron las cámaras acorazadas. En su exposición de 2017, el museo puso a esta obra el título de «la errada reforma».
La tarima de 1996
Los últimos vecinos dejaron el edificio en 1992. Caja España lo rehabilitó entre noviembre de 1994 y diciembre de 1996 con los arquitectos Mariano Díez Sáenz de Miera y Félix Compadre Díez. En la planta baja deshicieron lo de 1953: quitaron el mármol a las columnas, recuperaron sus capiteles de piedra y repusieron las siete que faltaban.
En el suelo pusieron tarima de madera. En las paredes, un zócalo de madera recuerda la oficina de Fernández y Andrés y esconde detrás las instalaciones de la planta. En la lista de empresas de la obra, los arquitectos anotan que las tarimas de sucupira preta, de Pavimar, sustituyeron a las de pino. La sucupira es una madera sudamericana muy densa, de unos 950 kg/m³.
En 2019 la tarima de la planta baja era de tablas estrechas y de buen largo, colocadas a rompejuntas y todas en la misma dirección (3). El color iba del rojizo al castaño oscuro según la tabla, con un barniz de mucho brillo, y las columnas arrancaban directamente del entarimado. Las fotos no permiten confirmar la especie.

El semisótano recuperó su volumen al quitar las cámaras acorazadas, y en él se puso un solado de mármol. Como la planta es un polígono irregular, el despiece de las piezas tuvo que seguir sus quiebros, y los arquitectos lo acabaron contando entre los logros estéticos de la obra.
La planta baja reabrió en 1996 con la exposición «En torno a Gaudí», que reunió 138 muebles y objetos y 150 fotografías y documentos. El edificio pasó a ser la sede de Caja España, y la rehabilitación recibió el premio Europa Nostra en 1998.
Peldaños de madera
La reforma de 1953 había suprimido las cajas de escalera de la planta baja y había añadido tramos nuevos desde los portales hasta enlazar con las escaleras viejas. La rehabilitación quitó esos tramos, y a las escaleras originales se vuelve a entrar por los mismos puntos que en 1892. La carpintería interior y las escaleras las recuperó la empresa Ruiz y Canal.
Los peldaños son de madera barnizada, con el canto redondeado, y el tramo superior deja ver por debajo su estructura, también de madera (4). La barandilla es de barrotes de forja retorcidos, rematada con un pasamanos de madera.

Tarima en el techo
La madera de la rehabilitación también subió al techo. Caja España necesitaba una sala para su consejo de administración con sitio para treinta y cuatro personas, y solo cabía en el sotabanco, bajo la cubierta. Allí los arquitectos cambiaron la armadura del tejado por dos láminas nervadas con forma de paraboloide hiperbólico, una superficie alabeada.
El techo del salón se forró con tarima. Ajustaron las juntas, muy marcadas, una a una para que se vieran siempre horizontales hasta la cumbrera. Los arquitectos cuentan que, con ese ajuste, quien mira pierde la referencia del alabeo del faldón. La estructura de la cubierta es de madera laminada de roble, y el suelo de la sala lo cubría una gran alfombra diseñada por Francisco Chamorro.
Una nave para el público
El uso bancario duró hasta 2017, cuando la fundación que gestiona el edificio lo abrió como museo. Ese año estrenó una exposición con recreaciones del almacén de telas de 1893 y de la oficina bancaria de 1929.
En 2019 la planta baja acogía la exposición sobre la caja de ahorros (1). Sillones de cuero, una mesa de despacho y un armario tallado se apoyaban sobre una alfombra, y alrededor quedaba la tarima a la vista entre las columnas y las vitrinas.
El lijado de 2026
Entre 2025 y 2026 el museo renovó sus plantas. La baja quedó como un espacio diáfano con la taquilla y la tienda-librería de un museo que recibe más de 100.000 visitantes al año. En junio de 2026 abrió por primera vez la planta noble, la vivienda de Rogelia Andrés.
En septiembre, Quide Group, fabricante de barnices, contó que su marca Deva había servido para «recuperar y proteger la tarima maciza existente» del museo. La empresa Parquets y Tarimas León la lijó con una pulidora rotativa de varios discos, le emplasteció las juntas y la barnizó al agua con un acabado para mucho tránsito.
Cuánta madera le queda
Antes de volver a lijar la tarima de Botines se mide la madera que conserva por encima de la lengüeta. La cifra se ve en el canto de una tabla, si alguna lo enseña. Cuando ninguna lo deja ver, se calcula con su historia (unos treinta años si es la de 1996, y al menos un lijado) y con el sonido al golpearla.
Cada acuchillado se lleva desde unos 0,8 mm hasta 3 mm o más, y menos cuanto más plana está la tarima. Si encima de la lengüeta solo quedan entre 2 y 3 mm, otra restauración ya casi no es viable.
En una nave pisada a diario, el emplastecido de 2026 es lo segundo que se revisaría. Las juntas que se abran se rellenan con resinas hechas para ese fin, de Deva como en 2026 o de Bona; el serrín queda descartado. Una zona que suene a hueco se fija inyectando o repegando sus tablas, dentro de la misma obra. Un caso parecido: Restauración de tarima de castaño – Ministerio de Justicia (San Bernardo).
Restauración de parquets antiguos
Si tiene una tarima maciza con años de uso, nuestros oficiales la revisan antes de proponer un lijado. Más sobre suelos con historia, en Parquets antiguos.
Fuentes
- Reinhard Dietrich, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Reinhard Dietrich, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Reinhard Dietrich, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Rafa Esteve, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.