El Capricho de Gaudí es la casa que el indiano Máximo Díaz de Quijano levantó en Comillas entre 1883 y 1885. Sus salas, el pasillo y el desván tienen suelo de tabla de madera, y el vestíbulo y el baño, de mármol. Son 720 m² entre semisótano, planta noble y desván. Es uno de los casos de los mejores parqués de España.

Diecinueve años cerrada
Máximo murió en 1885, el año en que se acabó la obra, y sus herederos usaron la casa para veranear o la alquilaron. En 1969 se declaró monumento histórico-artístico, y la propietaria, Pilar Güell y Martos, la puso a la venta: no quería cargar con su conservación. Pasó diecinueve años abandonada, también después de que la comprara en 1977 el empresario Antonio Díez Vollrath por 16 millones de pesetas.
Diez años después, Díez Vollrath la cedió a sus hijos Antonio y Ernesto, que la convirtieron en restaurante. La obra duró diez meses, la dirigió el arquitecto Luis del Castillo y costó 300 millones de pesetas. Los planos de Gaudí no aparecieron, y los promotores recorrieron España buscando cerámicas vidriadas para reponer las perdidas. El restaurante abrió en julio de 1989 y cerró en 2009; desde 2010 la casa es un museo.
El paso del tiempo, los insectos xilófagos y la humedad obligaron a sustituir o desechar la madera de paredes y suelos. De lo que llegó intacto, la casa pone como ejemplos la zona del cenador, el recibidor y buena parte del baño. En ventanas, aleros y artesonados, lo original se distingue por el color: las maderas oscuras son las de la obra, pinotea americana, ébano o caoba.
La pinotea americana es el mismo pino que en Madrid se llama pino melis, y en aquella época se usaba para construir los barcos transatlánticos. En las ventanas dobles de la fachada norte sigue en buen estado 140 años después. Se desconoce de qué madera y de qué año son las tablas que se pisan hoy.
En el cenador se pisan tablas largas de tono miel que corren hacia las ventanas, con la veta muy marcada. Llegan hasta un zócalo alto de madera oscura que enmarca la chimenea, bajo un techo de vigas rojizas.

Del vestíbulo al salón
Se entra por un vestíbulo hexagonal de 12 m², al pie de la torre, con suelo de losas circulares de mármol. Le sigue la sala de visitas, de 16 m², donde la madera cubre el suelo, el techo, los zócalos, las puertas, las ventanas y la chimenea. El baño, de 14 m², vuelve al mármol en el suelo, con zócalos de madera y mármol.
El salón principal mide 35 m², sube a doble altura hasta la cubierta y parte el desván en dos. Mira al norte, frente al invernadero. Su suelo es de tablas de tono miel que acaban contra un zócalo de madera oscura. A lo largo del ventanal, una rejilla metálica estrecha va encajada en el propio suelo.

La galería del fumadero
Junto al salón está la sala de juegos, de 37 m² y orientada a poniente, que también podía servir de segundo dormitorio. Su suelo es de madera, a juego con un artesonado de flores talladas, y se abre a una galería semicircular de 6 m², de inspiración árabe, que hacía de fumadero.
En la galería, las tablas van en paralelo hacia las ventanas y enseñan nudos, manchas oscuras y juntas de testa, donde una tabla termina y empieza la siguiente. El zócalo de madera sigue la curva del muro, y junto a la ventana asoma otra rejilla, también metida entre las tablas.

El pasillo del invernadero
El invernadero de la fachada sur, de 72 m² y 6 m de alto, guardaba las plantas tropicales de Máximo y repartía luz y calor por la casa. Ese calor iba a correr por canales de ladrillo bajo el suelo, como en un hipocausto romano. Entre 1914 y 1917, Eusebio López-Díaz de Quijano, sobrino de Máximo, lo cerró para ganar sitio en la planta principal. Se volvió a levantar en la obra del restaurante.
Entre el invernadero y el muro interior corre el pasillo que reparte la planta noble. Sus tablas no van a lo largo, sino de la cristalera al muro, con juntas de testa alternas y nudos a la vista. Al otro lado de la puerta, el invernadero tiene suelo de baldosa clara.

Bajo la cubierta
El desván ocupa 140 m² bajo la cubierta a dos aguas, en dos alas que separa la doble altura del salón. Allí dormía el servicio, y su volumen aislaba la planta noble del calor y del frío. Su suelo, el de la primera foto, es de tablas anchas y claras puestas a lo largo de la nave, con una veta muy dibujada.
Antes de lijar el paso de las visitas
Del 26 al 30 de enero de 2026 la casa cerró para conservación preventiva, por el roce y el desgaste que dejan miles de visitantes en pasillos y áticos. En una tarima tan pisada, antes de acuchillar se averigua cuánto grosor útil le queda a cada tabla por encima de la lengüeta.
Las rejillas del salón y del fumadero ayudan: si se pueden levantar, dejan ver el canto de las tablas cortadas. Si no, se pregunta por los acuchillados que lleva el suelo y se tantea con los nudillos: una tabla gastada suena fina. Cuando sobre la lengüeta quedan apenas 2 o 3 mm, no hay madera para otro lijado completo. Cada pasada de lija se lleva de unos 0,8 mm a 3 mm o más, según la especie y lo nivelado que esté el suelo. Un caso parecido: Restauración de tarima de castaño – Ministerio de Justicia (San Bernardo).
Restauración de parquets antiguos
Una tarima de tabla larga con años de paso se mira antes de decidir si se lija, se repara o se cambia alguna tabla. Más sobre suelos con historia, en Parquets antiguos.
Fuentes
- Artistosteles, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Artistosteles, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Artistosteles, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Artistosteles, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
- Artistosteles, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.