El Palau Moja, en la Rambla de Barcelona, se inauguró en 1784 con suelos de terracota de varios colores en la planta noble. En 1875 el naviero Antonio López, futuro marqués de Comillas, los cambió por parquet. Hoy la antesala tiene un parquet de paños geométricos en dos tonos, sin fecha conocida. Es uno de los casos de los mejores parqués de España.

Antesala del Palau Moja con espejos dorados, sillería tapizada y parquet geométrico de paños cuadrados en dos tonos
Antesala (según la guía de la visita): paños cuadrados de parquet cruzados en aspa por listones claros, con un triángulo oscuro dentro de cada cuarto (1)

El testamento de la marquesa

La última marquesa de Moja, Josepa de Sarriera, murió sin hijos en 1865 y mandó vender todo para obras pías. Al comprador le impuso no derribar la casa ni hacer obras que la transformaran; solo se podían redistribuir los pisos segundo y tercero.

Sus herederos alquilaron el palacio al Fomento de la Producción Nacional hasta que en 1870 lo compró Antonio López. Había hecho fortuna en Cuba, y según la Generalitat también con el tráfico ilegal de esclavos.

La reforma de 1875

López se volcó en la vuelta de los Borbones, y en 1875, el año en que Alfonso XII entró a caballo en el palacio, empezó la reforma interior. La escalera noble se rehízo con una escalinata y una barandilla de mármol blanco.

En la planta noble se levantó la terracota y entró el parquet, que la historiadora Elisenda Rosàs llama «lujoso». También se pintaron los techos de los estrados, las salas de recibir, que un siglo después sufrirían la obra del piso de arriba.

Todo se puso al día salvo el Gran Salón (Saló del Vigatà), que el testamento protegía. Las dos plantas superiores, que sí se podían redistribuir, se tocaron mucho más.

La antesala

Arriba de la escalera está el Salón Pere Pau Muntanya, con pinturas de ese artista. La guía de visita del Departamento de Cultura avisa de que su suelo de madera hace ruido al caminar. Detrás viene la antesala, que la guía fotografía con los mismos espejos dorados y la misma sillería que se ven aquí.

Su suelo es de paños cuadrados de parquet, cruzados en aspa por listones claros que los parten en cuatro triángulos. Cada triángulo lleva dentro otro más oscuro, y unos filetes oscuros perfilan los listones. Al pie del zócalo hay una franja de tabla oscura, y el dibujo sigue hasta la puerta de la sala siguiente. Se desconocen las maderas y si es el parquet de 1875.

Antesala del Palau Moja vista desde el extremo opuesto, con consola dorada, sofá tapizado y parquet geométrico brillante
La misma antesala desde el otro extremo: el parquet de paños llega hasta la puerta de la sala siguiente (2)
Consola dorada de la antesala del Palau Moja; a sus pies, parquet de paños con listones claros en diagonal
Antesala: bajo la consola dorada asoman los paños de parquet y la franja de tabla oscura del pie del zócalo (3)

El Gran Salón

El Gran Salón es de planta cuadrada y ocupa dos pisos de altura. Francesc Pla, el Vigatà, pintó sus paredes y su techo con la historia de la familia Cartellà, y en 1791 pasó la factura. Era el salón de baile de la casa, y la Generalitat recuerda que allí se daban los mejores bailes de la ciudad. A un lado se abre una capilla pequeña donde decía misa Jacint Verdaguer, capellán de la familia de 1876 a 1893.

Un salón sin techo

Desde los años sesenta el estado de la casa empeoró, y en 1969 quedó protegida como Bien de Interés Cultural. La protección condicionaba el valor del solar, en un punto clave de Barcelona. A comienzos de los setenta, dos incendios «teóricamente fortuitos», en palabras de Rosàs, arruinaron buena parte de las salas del lado del jardín.

El Gran Salón quedó negro de humo, con medio techo caído y las tejas a la vista, y las palomas entraban libremente. En los once años de abandono desaparecieron muebles y pinturas, y una parte acabó en el mercado de antigüedades.

La obra de 1982

La Generalitat compró el palacio en 1982 para su Dirección General del Patrimonio Cultural y encargó la obra a Francesc Mitjans. El arquitecto tenía 73 años, había hecho el campo del Barça en 1957 y no era especialista en restauración. Los obreros empezaron a derribar sin proyecto ni licencia, y los funcionarios se instalaron a trabajar entre ellos.

Los suelos del segundo piso eran en origen, probablemente, baldosa de barro sobre un entablado de madera, un sistema muy del país. A principios del siglo XX se cambiaron por baldosa hidráulica blanca y negra, a cuadros. En la obra se quitó esa baldosa y sobre las tablas se echó una capa de mortero armado con hierros.

El mortero, demasiado líquido, se coló entre las tablas y atravesó el yeso del cielo raso de los estrados de la planta noble, cuyas pinturas estropeó. Encima se extendió un linóleo que imitaba el damero de la baldosa quitada.

La escalera nueva, de 1,50 m de ancho, ocupó el sitio de la cocina y de una escalera de servicio. Se proyectó con mármol en el primer tramo y linóleo en el resto, pero al final se hizo toda de mármol.

Mármol de Carrara

En la última fase, Mitjans quiso cambiar el pavimento original del Gran Salón por otro de mármol de Carrara. Propuso además colgar nueve lámparas de araña y tapar con espejos algunos paneles de flores pintados.

El director general, el arquitecto Jordi Bonet, contestó que no se podía tocar nada de la decoración del salón ni subir el coste. En una carta de junio de 1983 le pedía «acabar las obras de una vez». El mármol no se puso.

Mitjans pensaba también partir por la mitad los bancos del siglo XVIII del salón, que al parecer encontraba demasiado largos. El restaurador Emili Julià, que trabajaba en las pinturas desde el andamio, se los llevó a un almacén suyo, y acabada la obra volvieron enteros.

Un parquet que suena

En el salón de lo alto de la escalera, lo primero que se miraría es el ruido del que avisa la guía. Si suena a hueco, la tabla se inyecta o se repega según lo despegada que esté, y esa fijación entra en una restauración completa, no en una visita suelta.

Cada paño de la antesala está hecho de listones y triángulos pequeños, y en un suelo así el margen para un acuchillado se comprueba antes de meter la máquina. Se busca un listón o un triángulo suelto: su canto enseña la madera útil que tiene hasta la lengüeta. Sin ninguno a mano, el dato sale de la edad del suelo, de los lijados que ha recibido y de cómo suena el paño. Con 2–3 mm o menos, el paño apenas admite otra restauración. Un caso parecido: Restauración de parquet de marquetería – Palacio de Zurbano.

Restauración de parquets antiguos

Si tiene un parquet de paños o de marquetería que hace ruido, se revisa en obra antes de decidir cómo restaurarlo. Más sobre suelos con historia, en Parquets antiguos.

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Fuentes
  1. Kent Wang, Wikimedia Commons, CC BY 4.0.
  2. ca:user:amadalvarez, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.
  3. Kent Wang, Wikimedia Commons, CC BY 4.0.