El Palacio Real de Madrid es la historia de una paradoja: se construyó para erradicar la madera tras el incendio del Real Alcázar en la Nochebuena de 1734, y sin embargo alberga algunos de los pavimentos de madera más sofisticados de la ebanistería europea. La clave está en la jerarquía de sus espacios: mármol en las salas de representación, parquet de taracea y enchapados de maderas de Indias en los gabinetes privados de los monarcas.
Este artículo recorre esa doble historia: la construcción antifuego del siglo XVIII, el Real Taller de Ebanistería de Carlos III, los Gabinetes de Maderas Finas y la reforma victoriana de Alfonso XII que llevó el parqué a las salas de recepción. Forma parte de la serie sobre los mejores parquets de España.
El Real Alcázar y el palacio de fábrica
La Nochebuena de 1734 un incendio destruyó casi por completo el Real Alcázar de Madrid. Felipe V ordenó levantar un nuevo palacio sobre ese solar: las obras se iniciaron en 1738 bajo la dirección inicial de Filippo Juvarra y la posterior ejecución de Giovanni Battista Sacchetti.
El recuerdo del incendio condicionó la construcción. La Real Junta de Obras impuso que el edificio se levantara con fábricas incombustibles de piedra y ladrillo y cubiertas abovedadas; la madera quedó restringida a las armaduras de cubierta, las carpinterías de huecos y la alta ebanistería de gabinetes y pavimentos de estancias privadas.
Mármol en las salas de representación
En las crujías de representación y grandes recepciones de Estado —el Salón del Trono, el Salón Gasparini— la solución solada priorizó complejas taraceas de mármoles polícromos de canteras españolas e italianas. En el Salón Gasparini se ejecutó un pavimento de lozas marmóreas que, durante el invierno, se protegía con alfombras de lana tejidas a medida que reproducían exactamente los motivos del suelo mineral.
En cambio, en los cuartos privados y despachos de trabajo de los monarcas, el riguroso clima continental de Madrid impuso materiales de baja conductividad térmica. Ese requisito propició el desarrollo de pavimentos de parquet y enchapados de madera de una sofisticación técnica y estética excepcional.
El Real Taller de Ebanistería: Gasparini, Canops y el taller de los alemanes
La introducción sistemática de la taracea y los enchapados en el palacio fue posible gracias al Real Taller de Ebanistería, estructurado tras la llegada de Carlos III en 1759. El monarca trajo desde Nápoles al adornista veneciano Mattia Gasparini, encargado de la concepción integral de las estancias del Cuarto del Rey. La dirección administrativa de la sección de bronces recayó en Juan Bautista Ferroni, y la ejecución ebanística en el maestro de origen bruselense José Canops.
La jerarquía del taller era piramidal: la Corona y la Superintendencia de Obras Reales fijaban el encargo; Gasparini y Francesco Sabatini dibujaban las trazas; Ferroni coordinaba herrajes y bronces; Canops dirigía a un calificado grupo de ebanistas extranjeros —el «taller de los alemanes»— con Jorge Balze, Antonio Vendetti, Leonart, Oncel, Chiari y Braun, en sintonía con tallistas locales como Gabriel Blanco.
Las maderas de Indias
El sello distintivo de esta producción fue el empleo de las llamadas «maderas de Indias», especies exóticas importadas de los territorios ultramarinos del Imperio español a través de las rutas transatlánticas con el Virreinato de Nueva España y el Caribe. Su densidad y estabilidad dimensional las hacía indispensables para resistir las variaciones térmicas e higrométricas del palacio sin deformarse.
Entre las especies empleadas en taraceas y parquets palatinos destacan: la caoba de Indias (Swietenia mahagoni), estructura portante y chapa principal por su tono rojizo; el ébano (Diospyros ebenum), para fileteados y contornos por su negro denso; el guayacán (Guaiacum officinale), de extrema dureza y autolubricación natural, usado en encajes de precisión; el limoncillo y el boj (Buxus sempervirens), de grano fino y tono amarillo pálido para los contrastes claros; y el palosanto o jacarandá (Dalbergia spp.), resinoso y de vetas oscuras, para fondos de paneles y fajas perimetrales.
El Gabinete de Maderas Finas de Carlos III
El Gabinete de Maderas Finas o de Indias, en el ala suroeste del palacio, es una de las obras cumbres de la ebanistería europea del siglo XVIII. Concebido entre 1762 y 1774 bajo el diseño integral de Mattia Gasparini y ejecutado por el taller de José Canops, sirvió como despacho privado del monarca para despachar asuntos de Estado con sus ministros.
La estancia se concibió como un ambiente envolvente: pavimento, boiseries y mobiliario compartían el mismo lenguaje plástico de marquetería. Tras la muerte de Carlos III en 1788 el conjunto se disgregó: el mobiliario se repartió entre otras dependencias y El Pardo, y parte de los paneles y solados se modificaron o trasladaron.
En 2019 Patrimonio Nacional recuperó en el mercado internacional una cómoda original del gabinete, subastada en Nueva York, y la sometió a estudio y restauración. Esa adquisición impulsó la restitución integral de la estancia, que reabrió al público por primera vez en septiembre de 2025.
El Gabinete de Maderas Finas de María Luisa de Parma
Con el advenimiento de Carlos IV en 1788, el programa decorativo viró hacia el neoclasicismo inspirado en Pompeya y Herculano. En 1791 el arquitecto mayor Francesco Sabatini proyectó el Gabinete de Maderas Finas de la reina María Luisa de Parma, en paralelo al Gabinete de Estucos: muros revestidos con paneles de ebanistería neoclásica con incrustaciones de maderas nobles y bóvedas encomendadas a los estuquistas italianos Domenico y Giuseppe Brilli.
En el solado, Sabatini combinó borduras de madera con placas del afamado mármol de Azpeitia (Guipúzcoa). La solución mixta se aplicó también en el Gabinete de Estucos y en el Ala de San Gil, uniendo la calidez de la ebanistería con la resistencia mecánica de los jaspes vascos.
La reforma victoriana de Alfonso XII
El parqué llegó también a las salas de recepción en el reinado de Alfonso XII (1874-1885). El arquitecto José Segundo de Lema reformó varias habitaciones al estilo victoriano, sustituyó los pavimentos de mármol por parqué y añadió mobiliario de la época. El dato está contrastado en dos fuentes (Wikipedia en inglés, que cita la guía oficial de Patrimonio Nacional, Sancho 2014).
El hito temporal de la reforma es el Comedor de Gala, constituido uniendo tres salones del Cuarto de la Reina por orden de Alfonso XII y bajo las órdenes de Lema; se inauguró en 1879 con el banquete de gala del segundo matrimonio del rey. Las fuentes documentan la instalación y el autor, pero no el patrón ni la especie general del pavimento.

Dentro de la misma reforma, Alfonso XII instaló una sala de billar y una sala de fumar, construidas al estilo victoriano y con madera de nogal (la sala de fumar incorporó matices de la moda parisina de los años 1920). El nogal está documentado para ambas estancias, pero las fuentes no precisan si corresponde al suelo o a la decoración; José Segundo de Lema (1823-1891), arquitecto mayor del palacio desde 1857, diseñó su decoración interior.


Qué conserva el palacio hoy
La reforma de Alfonso XII no afectó a todo el palacio. Varias salas nobles conservan sus suelos pétreos originales: la Cámara de Gasparini mantiene su suelo de mármol diseñado como conjunto con muebles y tapizado, y la Saleta de Porcelana un pavimento de taracea de mármoles de colores. Los gabinetes de maderas finas del siglo XVIII han llegado hasta hoy gracias a las campañas de estudio y restauración de Patrimonio Nacional.
En el Salón del Trono se hizo en 2013 una limpieza en profundidad y la sustitución de la iluminación por LED, sin intervención documentada en el suelo.

Técnica y conservación de los parquets palatinos
Los pavimentos de madera del siglo XVIII se montaron como sistemas flotantes multicapa, desacoplados del soporte pétreo para absorber los movimientos de la madera. La secuencia constructiva tiene cuatro estratos: rastreles de pino sobre el rellenado de las bóvedas (50–100 mm), tablero de roble o pino con ensambles de caja y espiga (20–30 mm), capa de marquetería con chapas de maderas finas encoladas con cola animal (2–5 mm) y acabado de cera orgánica y goma laca pulida (menos de 0,1 mm).
Las tipologías van del parquet taraceado en damero o cuadrícula a los encajes de punta de Hungría y los cuadros al estilo de Versalles con lengüetas de madera dura.
El microclima continental impone severas exigencias: la calefacción seca del invierno reduce la humedad de equilibrio y provoca retracciones; el verano genera dilataciones que tensionan las uniones encoladas. Esa fatiga higrotermomecánica desencadena el alabeo de los soportes y la exfoliación de las chapas finas.
Los criterios actuales del Servicio de Restauración de Patrimonio Nacional buscan reversibilidad y mínima intervención: estabilización ambiental controlada (humedad relativa 45–55 %), consolidación con colas animales compatibles con las originales del taller de Canops, y acabados de cera natural en lugar de los barnices sintéticos aplicados en restauraciones de mediados del siglo XX.
Criterios de conservación en los entarimados del Palacio Real
El Palacio Real de Madrid es un caso en el que la documentación fiable es la histórica: instalación, autor y fecha de la reforma. El patrón del parqué, la especie general y el sistema constructivo no están documentados en las fuentes accesibles, y tampoco el espesor útil del pavimento.
En un parqué histórico conviene distinguir lo que puede verificarse de lo que no. El punto de partida es la historia documentada del edificio; a partir de ahí se revisan soporte, humedad, espesor útil, piezas móviles, reparaciones previas, compatibilidad de acabados y relación del pavimento con puertas, rodapiés, chimeneas y estancias contiguas.